Introducción sobre Benidorm
Hace setenta años, Benidorm era un pueblo de dos mil pescadores que ni aparecía en los mapas turísticos de España. Hoy es la ciudad con más rascacielos por habitante de todo el planeta, por delante de Nueva York, por delante de Chicago, por delante de cualquier metrópoli que te puedas imaginar. Y todo, absolutamente todo, empezó con un alcalde de treinta años que se subió a una moto de madrugada y condujo solo hasta Madrid para convencer a Franco de algo que nadie más en España se atrevía a proponer. Hoy te cuento la historia real de Benidorm: lo que ves cuando llegas, lo que la mayoría de turistas nunca encuentra, y por qué esta ciudad es uno de los destinos más sorprendentes de toda la costa española. Y si te quedas hasta el final, te voy a contar el rincón de Benidorm que está a diez minutos andando de la playa más famosa, que lleva setecientos años ahí, y que el noventa por ciento de los visitantes se va sin ver.
La historia de Pedro Zaragoza y la transformación de Benidorm
Corría el año 1950. Pedro Zaragoza tenía treinta años y acababa de convertirse en alcalde de un pueblo costero de la provincia de Alicante con menos de dos mil habitantes, sin industria, sin carreteras decentes, y con una economía que dependía casi por completo de la pesca del atún. Zaragoza miraba esas dos bahías perfectas y ese microclima excepcional que tienen las montañas por tres lados, ese sol garantizado prácticamente todo el año, y veía algo que nadie más veía: el destino turístico más importante del Mediterráneo. El problema era que para hacerlo realidad necesitaba cambiar varias cosas que en la España franquista de los años cincuenta eran directamente imposibles de cambiar. Y la principal era una: que las turistas extranjeras pudieran usar bikini en sus playas.
Tienes que entender el contexto. En la España de 1950, la sola idea de una mujer en bikini en una playa pública era un escándalo. Había una moral oficial muy estricta, y ningún alcalde con dos dedos de frente se hubiera arriesgado a proponer eso. Pero Zaragoza no era un alcalde normal. Lo que hizo a continuación es una de las historias más increíbles del turismo español y que muy pocos conocen. Se montó en su moto Vespa, de noche, y condujo los casi quinientos kilómetros que separaban Benidorm de Madrid para tener una reunión directa con el general Franco. No mandó un escrito. No llamó por teléfono. Fue en persona, solo, a explicarle que si España quería divisas europeas, tenía que adaptarse a los turistas europeos. Y Franco le escuchó. Y firmó el permiso. Benidorm fue, según la historia documentada, uno de los primeros lugares de España donde el bikini fue oficialmente autorizado. Esa decisión, que hoy parece completamente trivial, marcó el inicio de una transformación urbana sin precedentes en la historia de Europa.
Pero la historia de la moto no termina ahí. Zaragoza también diseñó la ciudad desde cero con una visión que ningún otro municipio costero de España tuvo en esa época. En vez de crecer hacia los lados como hacían todos los pueblos de la costa, apostó por crecer hacia arriba. Trazó grandes avenidas en cuadrícula, reservó zonas verdes, y estableció que los edificios tenían que ser altos para concentrar a más personas en menos espacio y dejar libre la mayor parte del litoral. En los años sesenta, cuando el turismo de sol y playa europeo empezó a explotar, Benidorm ya estaba lista. Y no solo eso: el propio Zaragoza diseñó una campaña publicitaria que llegó a las portadas de periódicos de toda Europa. Encontró una familia de pastores de renos de Laponia y los llevó con él a los aeropuertos de todo el continente con una pancarta que decía, en español y en inglés, que esta familia del extremo norte de Europa se iba de vacaciones al Mediterráneo, a Benidorm. Las fotos se publicaron en todos los medios. El nombre de Benidorm llegó a millones de personas de una sola vez.
Hoy, el resultado de todo eso es un skyline que desde la autopista parece sacado de otra ciudad, de otro continente, de otro mundo. Benidorm es la ciudad con más rascacielos de España, la ciudad con más rascacielos por habitante del planeta, y la segunda con mayor concentración por metro cuadrado, solo superada por Nueva York. El edificio más alto, el Intempo, tiene doscientos dos metros y tardó casi quince años en construirse porque la crisis inmobiliaria del 2008 paralizó las obras. Son dos torres conectadas en la cima que desde el mar parecen formar la letra M, y que de noche, iluminadas, se ven desde kilómetros de distancia. Y justo al lado, el Gran Hotel Bali, con sus ciento ochenta y seis metros, que no es el hotel más alto de España. Es el hotel más alto de toda Europa. Todo esto, en una ciudad con setenta y cinco mil habitantes censados. Para poner eso en perspectiva: en verano, Benidorm supera los trescientos mil habitantes. En 2024 recibió más de dos millones ochocientos mil turistas. Hay países enteros que reciben menos turistas al año que Benidorm. Y aun así, hay una parte de esta ciudad que casi nadie llega a ver.
«Y si mientras escuchas esto ya estás pensando en ir — que es lo normal —puedes encontrar nuestra agencia de viajes en el enlace de la descripción. Nosotros nos encargamos de que llegues en el momento exacto en que Benidorm vale la pena.»
El casco antiguo de Benidorm, la leyenda de la Virgen, el Balcón del Mediterráneo
Porque el Benidorm que ves en los catálogos de viaje, el de las playas masificadas y los hoteles de todo incluido, es solo la mitad de la ciudad. La otra mitad está escondida justo en el centro, sobre un acantilado de roca que separa las dos playas y que se llama Punta Canfali. Es el casco antiguo. Y la mayoría de los turistas que van a Benidorm se pasan una semana entera a cien metros de distancia y vuelven a casa sin haberlo pisado.
La historia de Benidorm arranca mucho antes que el turismo. Fue fundada oficialmente como villa en 1325 por el Almirante Bernat de Sarrià, bajo el reino de Jaime II de Aragón. Durante siglos fue un pueblo de pescadores que vivía del atún y de las almadrabas, que son los sistemas de redes fijas que todavía se usan hoy en pueblos del sur de España para capturar atún. A finales del siglo XV, piratas arrasaron el pueblo entero y hubo que repoblarlo desde cero. Y en el siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, lo destruyeron otra vez. Esta ciudad ha sido arrasada y reconstruida varias veces antes de convertirse en lo que es hoy. Esa historia está en cada piedra de esas calles estrechas que hoy la mayoría de turistas cruza sin mirar.
En lo alto del casco antiguo está la Iglesia de San Jaime. Y esa iglesia tiene una historia que, si te la cuentan bien, no se olvida. La construcción empezó en 1740 y tardó cuarenta años en terminarse. ¿Por qué? Porque la leyenda dice que ese mismo año llegó a la orilla de Benidorm una pequeña barca sola, sin tripulación, sin nadie dentro.
Las autoridades del pueblo pensaron que sus tripulantes habían muerto de peste o de alguna enfermedad contagiosa y ordenaron quemar la barca sin tocarla. Cuando los niños del pueblo fueron a buscar los clavos y los hierros que pudieran haberse salvado del fuego, encontraron en las cenizas la imagen intacta de una virgen con el niño en brazos. La llamaron la Virgen del Sufragio, y decidieron construirle una iglesia. Esa iglesia, coronada por las cúpulas azules de cerámica que son el sello visual de los pueblos valencianos, sigue ahí, exactamente donde la dejaron en el siglo XVIII, con el Mediterráneo a sus pies y los rascacielos de fondo. Es, sin exagerar, la imagen más contradictoria y más bonita que puedes ver en toda la Costa Blanca.
Desde el Balcón del Mediterráneo, el mirador que está justo junto a la iglesia, tienes la vista que muy poca gente conoce. A tu izquierda, la Playa de Levante con sus dos kilómetros de arena y el skyline de rascacielos detrás. A tu derecha, la Playa de Poniente, más tranquila, más amplia, con más de tres kilómetros de arena dorada. Y justo debajo, accesible por unas escaleras desde el propio mirador, la Cala del Mal Pas. Un rincón pequeño, íntimo, prácticamente desconocido, que está vacío incluso en agosto. Tres playas con tres ambientes completamente distintos, y las tres con Bandera Azul europea por la calidad del agua. Todo eso en menos de un kilómetro de paseo a pie.
La gastronomía auténtica de Benidorm, la temporada ideal para conocer este destino
Bajando del casco antiguo, siguiendo las calles peatonales del centro histórico, llegas a lo que los propios benidormenses llaman la zona de los vascos: un conjunto de bares de tapas que llevan décadas ahí, que no tienen carta en inglés, que no aparecen en TripAdvisor, y donde por menos de lo que te imaginas puedes comer pintxos de marisco, pulpo, y el plato que define la cocina tradicional de esta costa: el arroz a banda. No es un arroz con cosas encima para turistas. Es el arroz que comían los pescadores de Benidorm cuando volvían de la almadraba, cocinado en caldo de pescado fresco, servido en cazuela de barro, con el sabor del mar concentrado en cada grano. Eso está a diez minutos andando de cualquier hotel de primera línea. Solo tienes que saber dónde buscar.
Y ahora viene lo que más vale de este video, lo que ningún buscador de internet te va a dar. Benidorm tiene una temporada que casi nadie aprovecha y que es, sin ninguna duda, la mejor para visitarla. El microclima de esta ciudad, protegido por montañas en tres direcciones, le garantiza unas tres mil horas de sol al año y temperaturas en invierno de entre dieciséis y dieciocho grados. En marzo, en octubre, en noviembre, Benidorm tiene sol, la playa vacía, los restaurantes sin espera, los precios a la mitad, y ese casco antiguo que te he contado completamente tranquilo. No hay otra ciudad de la Costa Blanca con ese microclima. Ninguna. Y hay hoteles en primera línea de playa que en temporada baja tienen tarifas que no encuentras en ningún comparador online porque se gestionan directamente con agencias que tienen acuerdos específicos. Eso es lo que nosotros podemos hacer por ti: no solo reservarte un hotel, sino llevarte al Benidorm que no sale en Google.
Conclusión sobre Benidorm
Entonces para resumir todo en tres ideas claras: Benidorm es la ciudad más vertical del mundo por la decisión de un alcalde que apostó todo cuando nadie más creía. Tiene un casco antiguo de setecientos años que la mayoría de turistas se va sin ver, con una de las vistas más bonitas de toda la costa mediterránea. Y la mejor época para visitarla no es el verano sino los meses que ningún algoritmo te va a recomendar. No es solo una ciudad de sol y playa. Es un destino que te sorprende cuando sabes cómo mirarlo.
La semana que viene contamos un destino de España que lleva cincuenta años siendo el secreto mejor guardado de los que saben viajar. Si no estás suscrito, te lo vas a perder. Dale al botón y nos vemos ahí.»